Herbalismo

Herbalismo en Colombia: plantas, territorio y una práctica que pide cuidado

Plantas medicinales y aromáticas dispuestas en una plaza de mercado colombiana

Herbalismo en Colombia: plantas, territorio y una práctica que pide cuidado

El herbalismo en Colombia no cabe en una definición pequeña. Una planta llega a la mesa con más cosas que una hoja, una raíz o una flor: trae el clima en que creció, la persona que la recogió, una forma de nombrarla y, a veces, una advertencia que se perdió en el camino. Por eso una conversación seria sobre plantas medicinales no puede limitarse a preguntar para qué sirven.

Aquí conviven huertas de patio, mercados de madrugada, prácticas campesinas, sistemas de conocimiento indígenas y afrocolombianos, tiendas naturistas, preparados estandarizados y una regulación sanitaria que entra en juego cuando un producto se presenta con fines terapéuticos. No forman una tradición única ni hablan el mismo lenguaje. Intentar volverlos una sola cosa suele borrar justo lo que importa: el territorio, los límites y las personas que sostienen ese conocimiento.

También conviene empezar con una incomodidad útil. Natural no significa simple ni inocuo. Una infusión doméstica, una tintura concentrada y un producto fitoterapéutico no son equivalentes, aunque compartan una planta en la etiqueta. La forma de preparación, la dosis, el tiempo de uso, el origen y la situación de quien la consume cambian la conversación.

Más que una lista de beneficios

El herbalismo es un conjunto de prácticas de cuidado que usa plantas, partes vegetales y preparaciones derivadas de ellas. En Colombia puede aparecer como una aromática después de comer, un baño de plantas, una pomada, una huerta comunitaria, una recomendación familiar o un producto empacado. Esa amplitud es una de sus riquezas, pero no autoriza a usar todas esas prácticas como si tuvieran la misma evidencia, el mismo propósito o las mismas precauciones.

Una buena pregunta no es solo qué planta se nombra, sino cuál es exactamente. Los nombres comunes cambian de un territorio a otro; dos especies pueden compartir un nombre, y una misma especie puede recibir nombres distintos. Antes de pensar en efectos, vale la pena conocer el nombre científico cuando está disponible, la parte usada, la procedencia y la forma de preparación. Esa atención parece menor hasta que se descubre que no lo es.

Un país de saberes situados

Hablar de herbalismo colombiano en singular puede ser práctico, pero no describe toda la realidad. Los conocimientos de una comunidad amazónica no se trasladan sin más a una plaza andina, y las prácticas de una familia campesina no son una versión incompleta de la fitoterapia industrial. Cada una responde a una historia, una ecología y unas relaciones propias.

El estudio de Ronald Fernando Quintana Arias en la comunidad Tikuna de Macedonia, cerca de Leticia, registró 115 plantas de valor medicinal y 308 remedios tradicionales. Más allá de la cifra, el trabajo muestra algo decisivo: los usos y la importancia de una planta dependen de la cosmología y del contexto de la comunidad, no solo de una lista de compuestos o de una promesa de bienestar (Quintana Arias, 2012).

Eso pide cuidado en el lenguaje. Los saberes indígenas, afrocolombianos y campesinos no son un repertorio libre de recetas para extraer de internet. Son conocimientos vivos, con autoridades, restricciones y contextos que merece la pena reconocer incluso cuando no se conocen por completo. Una planta ceremonial, por ejemplo, no se vuelve una recomendación de consumo porque aparezca en una conversación sobre bienestar.

Las plantas también viven en la ciudad

El herbalismo no quedó en una imagen rural de Colombia. En las ciudades circula entre plazas de mercado, viveros, huertas, mercados campesinos, yerbaterías, tiendas naturistas y comercios digitales. Esa circulación hace más accesibles las plantas, pero también puede volver más difícil saber de dónde vienen y cómo fueron tratadas.

En Bogotá, la Plaza Distrital de Mercado Samper Mendoza es un punto de referencia de ese movimiento. La Alcaldía la describe como un mercado nocturno abastecido por productores de distintos pisos térmicos y registra cerca de 400 especies de plantas en su comercio. El dato importa menos como una cifra para impresionar que como señal de una red larga: una planta no aparece en un puesto por generación espontánea; ha pasado por cultivo, cosecha, transporte, selección y conocimiento comercial (Alcaldía Mayor de Bogotá, 2021).

Las huertas urbanas abren otra escala. El Jardín Botánico de Bogotá vincula su programa de agricultura urbana con la conservación florística y con el potencial alimenticio y medicinal de especies de clima frío. Una huerta no reemplaza una consulta de salud ni convierte a cualquier planta en tratamiento, pero sí puede devolver una pregunta que a menudo se pierde al comprar un frasco: qué necesita una planta para crecer y qué relación tenemos con el lugar del que sale.

Uso tradicional, suplemento y producto fitoterapéutico no son lo mismo

La palabra “natural” suele juntar categorías que conviene mantener diferenciadas. Una planta fresca vendida para cocina o aromática, un suplemento y un producto fitoterapéutico pueden tener reglas, concentraciones y formas de comunicación distintas. El salto de una práctica cotidiana a una afirmación terapéutica no es un detalle de mercadeo; cambia la responsabilidad de quien fabrica, vende y comunica.

En Colombia, el Decreto 1156 de 2018 reglamenta el régimen de registro sanitario de los productos fitoterapéuticos. Define estos productos como medicamentos empacados y etiquetados cuyas sustancias activas proceden de material vegetal, extractos, tinturas o aceites, usados con fines terapéuticos. La norma no debe usarse para simplificar todo el comercio de plantas, pero sí para recordar que un producto que se presenta como terapéutico entra en un marco sanitario específico (Departamento Administrativo de la Función Pública, 2018).

La Resolución 1896 de 2023 también regula la información no publicitaria, la promoción, la publicidad y la comercialización de medicamentos y productos fitoterapéuticos, incluidos canales digitales. En la práctica, esto pone un límite necesario a las frases que prometen curas, reemplazan tratamientos o presentan un producto como solución universal (Ministerio de Salud y Protección Social, 2023).

Acercarse con cuidado

La forma más responsable de empezar no es comprar muchas plantas al tiempo. Es observar con calma qué se está usando y por qué. Las mezclas extensas vuelven difícil entender qué produjo un efecto, y los extractos concentrados no deberían tratarse como si fueran una aromática suave.

Embarazo, lactancia, infancia, enfermedades crónicas, cirugías próximas y uso regular de medicamentos son situaciones que requieren orientación profesional antes de incorporar preparados herbales. Las interacciones no son una rareza teórica: pueden depender de la planta, la concentración y la medicación. Para profundizar en ese tema, consulta nuestra guía de contraindicaciones y precauciones de plantas y hongos medicinales.

También sirve mirar el origen. Preguntar si una especie fue cultivada o recolectada, cómo se identificó, quién la comercializa y qué información acompaña al producto no es desconfianza excesiva. Es una forma de no separar el bienestar de la trazabilidad.

Biodiversidad: cuidar las plantas también es cuidar los vínculos

Colombia tiene una diversidad vegetal que no puede reducirse a una vitrina de ingredientes exóticos. El conjunto de datos de GBIF sobre plantas medicinales endémicas del país identificó 204 especies, de las cuales 64 tienen distribución restringida. Esas cifras no dicen que toda planta medicinal esté amenazada, pero sí muestran que algunas decisiones de extracción y comercialización no son neutras (GBIF, 2022).

Cuando una planta depende de recolección silvestre o de un conocimiento específico de una comunidad, la pregunta no termina en el beneficio que se quiere obtener. También importa quién decide, quién recibe los beneficios y qué condiciones permiten que ese saber y esa especie sigan existiendo. El cuidado no se resuelve con una etiqueta verde; empieza antes, en la relación con el territorio.

Preguntas Frecuentes

¿Qué es el herbalismo en Colombia?

Es el conjunto diverso de prácticas y saberes relacionados con plantas y preparados vegetales en contextos indígenas, afrocolombianos, campesinos, familiares, urbanos y fitoterapéuticos. No existe una única tradición herbal colombiana.

¿Herbalismo y fitoterapia significan lo mismo?

No del todo. El herbalismo puede incluir cultura, huerta, cocina y usos tradicionales. La fitoterapia suele referirse al uso técnico de plantas y preparados vegetales, especialmente cuando se habla de seguridad, evidencia, formas farmacéuticas o regulación.

¿Las plantas medicinales son seguras por ser naturales?

No necesariamente. La seguridad depende de la especie correcta, la preparación, la concentración, el tiempo de uso, el estado de salud y los medicamentos que tome cada persona.

¿Qué diferencia hay entre una aromática y una tintura?

Una aromática suele ser una preparación acuosa y relativamente suave; una tintura puede concentrar compuestos vegetales de otra manera. No deben asumirse como intercambiables ni usarse con el mismo criterio.

¿Qué debería revisar al comprar una planta o preparado herbal?

Busca identificación clara, procedencia, parte usada, instrucciones comprensibles y advertencias cuando correspondan. Si el producto se presenta con fines terapéuticos, revisa que su comunicación sea coherente con el marco sanitario aplicable.

La pregunta que conviene conservar

El herbalismo no empieza con una respuesta rápida. Empieza cuando se mira mejor: qué planta es, de dónde viene, cómo fue preparada, quién enseñó a usarla y cuándo no conviene hacerlo. Esa lentitud no le quita valor a las plantas; las toma en serio.

Quizás ese sea el punto más útil para conservar. Las plantas y los hongos no son atajos para dejar de observar el cuerpo, el territorio o los límites de lo que sabemos. Pueden acompañar prácticas de bienestar, pero piden una relación menos impaciente que la promesa de un resultado inmediato.

Referencias

  • Alcaldía Mayor de Bogotá. (2021, 17 de octubre). Plaza de mercado Samper Mendoza, palacio de las hierbas aromáticas. Bogotá.gov.co
  • Departamento Administrativo de la Función Pública. (2018, 6 de julio). Decreto 1156 de 2018: régimen de registro sanitario de productos fitoterapéuticos. Gestor Normativo
  • GBIF. (2022). Plantas medicinales endémicas de Colombia [Conjunto de datos]. GBIF
  • Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis. (s. f.). Agricultura urbana y periurbana. JBB
  • Ministerio de Salud y Protección Social. (2023, 21 de septiembre). Resolución 1896 de 2023. Normograma INVIMA
  • Quintana Arias, R. F. (2012). Estudio de plantas medicinales usadas en la comunidad indígena Tikuna del alto Amazonas, Macedonia. Nova, 10(18). Revista Nova

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